viernes, 2 de enero de 2026

PIURA EN TIEMPOS DE LA EMANCIPACIÓN

Doctor José Agustín de la Puente Candamo, abordó en la primera lección inaugural de
la Universidad de Piura el reflexivo tema histórico "Piura en tiempos de la Emancipación" 

 
POR: JOSÉ AGUSTÍN DE LA PUENTE CANDAMO

Nota: Discurso de Orden de la ceremonia inaugural de la Universidad de Piura y de apertura de su primer año académico. Piura,1 de abril de 1969

          Es grato en la vida dar testimonio de una realidad fecunda en sí misma, preñada de ilusiones.  Es el caso que vivimos en este crepúsculo luminoso de Piura, nos convoca la creación de una Universidad, y somos testigos del acto solemne de apertura de su primer año académico.

          Y el gozo, sin hipérbole, es una verdad múltiple.  Gozo e ilusión por la seriedad intelectual, por el espíritu de estudio y de trabajo; por dedicación a la vida universitaria plena; esperanza, en fin, en la formación de hombres con espíritu crítico, con jerarquía de valores, con virtudes morales. Y también gozo, porque esta universidad es obra dela iniciativa privada, y porque florece hay al amparo de la libertad de enseñanza que reconocen las leyes de la República.

          Demos, pues, gracias a Dios por la tarea que hoy en nombre de El aparece tangible en la vida de la inteligencia en el Perú.

          Creo que no es impertinente que en esta lección inaugural evoquemos el pasado de la ciudad y la región que albergan a esta casa y le dan nombre, cariño y apoyo. Acerquémonos, pues, a Piura, a su historia, y veamos su inserción en la historia del Perú.

          No es ocioso, asimismo, hablar de historia. La historia no es, como a menudo se piensa con error, una nutrida e incómoda relación de nombres, de fechas y de lugares; la historia es, muy al contrario, la afanosa lucha por comprender el pasado. El pasado que vive en nosotros como un elemento de nuestro propio ser, de nuestra propia realidad. Estudiar el pasado, es de algún modo, estudiarnos a nosotros mismos, conocer nuestro presente.

          HABRÍA muchas maneras de dibujar la imagen de Piura dentro de la historia del Perú. Podríamos pensar e sus hombres representativos, en los hechos ilustres de estos hombres; podríamos referirnos a la contribución de Piura al desarrollo económico del país; podríamos estudiar su producción agrícola, sus riquezas naturales; podríamos hacer un análisis de lo que ha sucedido en Piura en interrelación con el Perú. Todo ello es interesante; mas, pensemos desde otro ángulo; pensemos en Piura En el tiempo de nuestra independencia política.

          ¿Cuál es la imagen de Piura, de la ciudad y del campo, de las diversas poblaciones, y de todos los extremos de la ancha jurisdicción de fines del siglo XVIII y principios del siglo XIX? ¿Cuál su población, sus ciudades principales, sus caminos su producción, su paisaje?

          ¿Cuál su postura frente a nuestra independencia?    

          Entre otros testimonios son derroteros nuestros y compañeros en la reconstrucción, Hipólito Unánue, Jorge Juan, Antonio Ulloa, José Ignacio Lecuanda, Baltazar Martínez de Compañón, Hipólito Ruiz, Basilio Hall, y otros textos políticos de estos años: hombres de ciencia, viajeros, marinos de profesión, eclesiásticos.

          PARA el tiempo precursor, es Piura, en el orden administrativo y político, un partido en la Intendencia de Trujillo, en el Virreinato del Perú. Con Piura, pertenecen a la intendencia citada de Trujillo a más del cercado mismo de la cabeza del partido entre otros, Lambayeque, Cajamarca, Chachapoyas.

          En 1796, cuando Hipólito Unánue prepara su famosa Guía del Perú[i] , es Sub-delegado don Joaquín Rosillo, y la población del partido de Piura se descompone de esta manera: 44,491 habitantes; 2,874 españoles; 24,797 indios; 10,654 mestizos; 2,503 pardos libres; 884 esclavos. Regístranse, asimismo,61 clérigos y 18 religiosos.

          En el orden eclesiástico Piura pertenece al obispado de Trujillo, y hay en el partido doce doctrinas, y quince curas párrocos; y es el vicario en los años del despotismo ilustrado don Domingo Morales.

          En Piura, en la ciudad, hay una Iglesia Matriz, una de San Sebastián, que es parroquia de indios, una de Santa Lucía, y la de Nuestra Señora del Carmen, “que sirve de Colegio o Congregación a los Clérigos del Salvador”. Un convento de franciscanos, otro de mercedarios -también en Paita- y el Hospital Betlemítico.

          En el orden militar hay un batallón de Infantería, con cuatrocientas treinta plazas y es su  coronel en  las postrimerías del siglo XVIII don Manuel Francisco Carrión; un escuadrón de doscientos cuarenta plazas y su comandante don Manuel Báscones; un escuadrón de Chalaco de Piura, con tres compañías, doscientos treintaicinco  plazas y es su comandante don José López. Asimismo, son otras menciones, un escuadrón de Amotape, con tres compañías, doscientos cuarenta plazas, y es su comandante don Gregorio Espinoza, todos a los órdenes del Coronel de Infantería don Manuel Francisco Carrión.

           La profunda vinculación geográfica, comercial, humana, entre Piura, Guayaquil, Quito y puntos intermedios, vívese con intensa significación militar y  política en los años de Abascal y de Pezuela. Organizase una división volante con un batallón de seiscientas plazas, cuatro piezas de artillería, y un escuadrón de caballería al mando del Comandante General de la Costa, D. Vicente González y con el Teniente Coronel D. Joaquín Germán y D.  José Mario Casariego, como lo recuerda Paz Soldán.

           Tal es la situación externa, fría, administrativa, del partido de Piura, jurisdicción en el norte del Perú hasta Lambayeque. Importa ahora considerar algunas notas sobre la vida de este partido y sobre la imagen que de él obtienen los viajeros que recorren sus términos.

             Una mención a las comunicaciones: aparte de la marítima, el correo general de la carrera de valles sale de Lima los días ocho y veintitrés por la noche; y llega a Lima los días cinco y veinte, de cada mesa. Hay veinte postas y son doscientos cuatro leguas entre Lima y Piura. Es interesante, para tener una imagen de la geografía; y de la ruta de la época de la independencia, mencionar algunas de dichas postas desde Piura, rumbo a Lima: el despoblado de Sechura, Lambayeque, Pueblo Nuevo, San Pedro, Paiján, Trujillo, Moche, Virú, Santa , Nepeña, Casma, Huarmey, Pativilca, Barranca, Huaura y Chancay.

             Jorge Juan y Antonio de Ulloa [ii], que a mediados del siglo XVIII recorren nuestro territorio dentro del proyecto de medir algunos grados del meridiano terrestre, y para realizar observaciones astronómicas y físicas, proponen una imagen realista, si sie quiere gráfica, de Piura y su contorno. Subrayan primero las grandes dificultades del viaje por problema de la orientación, y porque  se borran las sendas del camino en la inmensidad sin contornos del arenal, “pues mudando el viento los médanos o montes de arena, que pudiera servir de señal borra las sendas, no queda más arbitrio de gobernarse que por el oriente del Sol, si es de día, o si es de noche por algunas estrellas”[iii]

            Al recorrer rumbo a Lima el despoblado de Sechura, insisten los viajeros en la dificultad para mantener el rumbo. “Lo igual, y unido de este llano, su espaciosa distancia, y la facilidad de borrarse el camino por la inconsistencia del suelo, hace que pierdan la senda aún los más prácticos: pero su habilidad consiste en tales ocasiones en volver a recobrarla [iv]

            Un medio es “llevar el viento de cara cuando van hacia Lima, y al contrario al tiempo de volver; porque reinando constantemente los vientos sures, están seguros de no aparecer engañados con esta regla”[v]. Otra forma, “coger arena en distintas partes, y olerla, pues por el olfato se distingue si es, o no, por allí la vereda”[vi]. Y, en fin, “los que se hayan con suficientes prácticas de tales sitios corren muchos peligros si rendidos del sueño o del cansancio se arrastran y se paran; pues cuando vuelven, se ven sin poder deliberar en la derrota que han de seguir ([vii])

             Aleccionador el detalle que presentan  Juan y Ulloa sobre el problema del cambio de agua durante los viajes, especialmente en las zonas desérticas: hablan de las “mulas cargadas de agua, con que se dan de beber en su medianía a los que llevan las cargas. El modo de conducirlas en unos calabazos o tumas muy grandes para cada cuatro mulas de carga, una de agua, y otra para las dos de litera. Cuando van a silla, las llevan en ellas mismas los jinetes en unas alforjas grandes hechas para este fin; y cada uno de los pasajeros, sea en litera o cabalgadura, se provee de lo que hay en el camino porque no solo no lo hay en todo él pero no se ve otra cosa más que arena, médanos que hace esta con el viento, y a trechos piedras de sal, sin encontrarse rama, yerba ni otra cosa verde”[viii]

          La ciudad de Piura se le menciona sentada en un llano de arena, de mediana extensión, “que por regular no tienen alto” [ix]

          La presentación e indumentaria de los indios se distingue en parte de las de Quito: “Es un anaco que les arrastra por el suelo más ancho que en el norte; lo sujetan a la cintura, es sin mangas y para andar lo suspenden un poco y no lo recogen debajo de los brazos. Cúbrense las cabezas con unos paños blancos de algodón, bordados o labrados en el telar, con otros colores, con la circunstancia que las viudas lo usan negro” “Distínguese por el modo de peinado lo estados de cada una, porque las solteras y viudas dividen el cabello en dos trenzas, una de cada lado de la espalda; y las casadas lo recogen en una: son trabajadoras y su común ocupación es tejer servilletas, u otras cosas semejantes de algodón”. “Los indios visten a la española”; y añaden nuestros viajeros que por naturaleza son altivos, muy recionales y sus costumbres algo diversas que las de Quito. Los indios expresa otro viajero, “son muy humildes, expertos y laboriosos”.

Numerosos testimonios enaltecen la naturaleza de Piura: contiene “tantas preciosidades, que las conocen pocos”.

          Lecuanda, en investigación personal, o con los papeles de Martínez de Compañón, estudia con detalle gracioso o analítico, los animales y los frutos de la región.

          Del reino animal menciona al ante o gran bestia de las zonas selváticas; las variedades de osos; el jabalí, “ el animal montarás más abundante del partido”; las tarugas, variedad de venados; los tigres; las ardillas; los leones, distintos de los africanos, y que habitan en los montes de Tumbes.

          Vale una mención, para integrar el paisaje piurano, al pájaro carpintero; al paujil, semejante al pavo; el Guerequeque. Y los halcones, el cóndor “corpulento y glotón”; las cuculíes; los papagayos y periquitos; y “la bien gobernada república de las abejas volátiles”[x]

         Entre los peces: el tollo, “que abunda mucho en  la cosecha que empieza desde San Pablo hasta Navidad”; el tambor, de color verde y con bellas manchas; el churucutula, sin escamas y con piel muy dura; el bagre, de color azul en el lomo; la tintorera el berrugate, el pulgal, el cabezudo y las corpulentas ballenas, tan vinculadas con el desarrollo económico del tiempo de la independencia, que bien estudia Unanue: y el pámpano, el pumalán, el volador, el lobo marino y la langosta.

          Del mundo vegetal, los árboles madereros de la amplia  jurisdicción de Piura, de los años de la independencia: el cedro, el bojo; el olivo; el lloque colorado¨: el alizo; el solemne e incorruptible algarrobo; la chontilla o boba; el roble; el cocobolo “solidísimo” y para ricos muebles; el lúcumo; el palillo; el guayacán: “cuya, madera es olorosa y dura”; el tamarindo, según Lecuanda “muy grato al paladar y bueno para refrescar la sangre”; el molle con el sauce, habituales en la costa y quebradas bajas. Y el árbol de la cascarilla, “el mejor febrífugo para las tercianas”; el palo santo; el arrayán; el pequeño cardo santo, y tantas yerbas y hojas de diversa virtud.

           La vida económica se concentra en el algodón, en el pabilo o hilado que se vende en Loja, Cuenca y Quito; en el cuidado de las cabras que se tratan en Lambayequ y otros lugares, o de las que obtienen cordobanes, y con el sebo, jabones, con mercadoen Guayaquil, Panamá, Chile; en la crianza de mulas, las más finas y mejores del Perú”. Y de los asnos, que según Lecuanda se venden  por “planta, color y edad”; en las transacciones de cascarilla; en el añil; en la cera, en las maderas; en el toyo, que se vende a tres pesos por cada ciento”.[xi]

             Y es Piura un centro comercial muy valioso en las postrimerías del virreinato. Véndense mercaderías importadas.

             “Es apreciable la lencería fina y corriente de todas clases: se consumen muchas bayetas, paños manfores, carros de oro, chamelotes, y otros de lana: tienen expendio las zarzas, y toda especie de lienzos pintados. E cuanto a sedas,  se gastan con abundancia los tafetanes dobles y sencillos, las anafayas, y medias de hombre y de mujer, redecillas, gorros, pañuelos, y mucha cintería ya de Francia, y de Sevilla: otros efectos como son espolines de diversos colores, algunos rasos, y otros que compran los mercaderes en Lima, que es donde se abastecen para aquí y para todo el Reyno, según los gustos que con práctica conocen en los habitantes de aquellos territorios” [xii]

          Y véndense, del mismo modo, bayetas de Quito, lienzos de algodón de Cuenca y Loja, aguardiente de Pisco y de Ica, sombreros de paja, cacao.

          Y en aspecto del movimiento económico parte principalísima corresponde el comercio que se realiza por Paita.

          Sin desdeñar la importancia de otras ciudades piuranas, en este esquema de la Piura de los separatistas vale una breve referencia a Paita.

          Ciudad pequeña, en las palabras de Alcedo[xiii] pero una de las mejores bahías de la costa del Pacífico, no tano por su forma geográfica cuanto por la facilidad para el movimiento de los buques: “la población está situada en un terreno arenizo que n o produce yerba alguna, ni una sola gota de agua dulce, que la llevan del pueblo de Colán, y aunque es blanquizca, y de mala vista, dicen que es muy sana por correr por un bosque de zarzaparrilla, y bien impregnada de las virtudes de esta planta; la conducción la hacen en balsa; igualmente traen maíz, aves y demás frutos para las embarcaciones, pues allí solo hay algún ganado cabrío y mucho pescado, especialmente tollo que cogen con abundancia, y seco lo envían a vender a las demás provincias que lo usan en lugar de bacalao; las casas son bajas, y las paredes de tierra y cañas, a excepción de la casa del Corregidor, la Iglesia Parroquial y un convento de la Merced, que son de piedra”.

          Paita está vinculada con la independencia por muchos caminos; desde muchos ángulos. No sólo por su importancia económica; no solo por el permanente problema del ingreso de los corsarios y la necesaria defensa del puerto que enfatiza Pezuela; no sólo por la función valiosa de propaganda que se pretende introducir en los cruceros patriotas. Paita sigue siendo de alguna manera la primera puerta septentrional del Perú, que don Ricardo Palma evoca en sus Tradiciones.

           Hay que mencionar la Iglesia de Nuestra Señora de Carmen, destinada para los regulares de la extinguida Compañía de la provincia de Quito que habían fundado  colegio. El marino Hall   deja un “puntual relato de su visita a Paita en 1821”.

            Los pueblos principales de la jurisdicción de Piura en tiempo de advenimiento de la patria, son la ciudad principal y cabeza, con Sechura, con Paita, Huancabamba, Tumbes, la Punta, Morropón, Colán, Amotape, Sondoriyo, Sondor, Asiento de Chalacos, Frías, Cumbicus.

            ES frecuente concebir desde Lima el estudio de nuestro proceso separatista, dentro de una imagen unilateral del fenómeno. Este planteamiento es erróneo, no solo por incompleto, sino porque no ofrece la verdadera realidad intrínseca del hecho de la emancipación del Perú. El proceso revolucionario no es limeño, sino integralmente peruano, de Tumbes a Tarapacá, y de Lima a Puno. Es un fenómeno que, en frase de Túpac Amaru, pertenece a la gente peruana; es decir, en el pensamiento del cacique mestizo, a la gente que ha nacido en nuestro territorio.

            Vale, pues, en esta tarde que inauguramos una universidad provinciana, que exaltemos el valor de la provincia peruana en el fenómeno de la independencia. Y ésta no es una exaltación vacía y simplemente laudatoria. Es real, exacta e todas sus dimensiones, la participación de las provincias, con Lima, en el quehacer separatista peruano.  Recordemos algunos nombres. Y pensemos solamente en las actitudes de los precursores del siglo XIX. En Huánuco la rebelión de1821, con Crespo y Castillo; en Huamanga los incidentes que le permiten decir al sub-delegado Pruna que la rebelión noes contra el mal funcionario sino de verdad contra la autoridad misma del Rey; la rebelión de Pumacahua en 1814 que conmueve la raíz misma del virreinato y es el único movimiento que pone en peligro la autoridad de Abascal, que tiene efectos clarísimos en el Alto Perú y en todos los extremos de la América austral, y que permite  al oidor Pardo Rivadeneyra subrayar  la profundidad  del levantamiento en el cual más tarde moriría Melgar; las dos rebeliones de Tacna de 1811 y la de 1813.vimculadas ambas  con Buenos Aires y en las cuales aparece la bandera de las provincias del Plata; los levantamientos de Tarapacá, provincia peruana de siglos, los movimientos de Huaraz y de tantas y tantas provincias que sería largo mencionar y que en diversas fechas y en distintas circunstancias anuncian su voluntad de rebelión.  

          De otro lado, no es raro escuchar objeciones de este orden: que la independencia peruana es obra   exclusiva de un grupo selecto de criollos, de nivel universitario, que de alguna manera por su categoría intelectual y su prestancia social y humana imponen al común de los peruanos una fórmula política y una esperanza social en la cual ellos mismos ven un beneficio concreto y de la que el resto de los peruanos no tiene una idea cabal. Piénsese, así, en una independencia obra de un minúsculo sector de peruanos. Este planteamiento también es erróneo. Es verdad que todo hecho histórico, aquí y en cualquier extremo del mundo, precisa de un dirigente o un grupo de dirigentes que lo lleve adelante, más, esto no significa que la sociedad dirigida se inerte, inconsciente o mero objeto de una imposición.

          Y es más, en este fenómeno hay hombres de todos los estratos sociales, razas y profesiones. No es cierto que pueda hablarse de una imagen clasista de la independencia del Perú. No existe un grupo social que esté con el rey, o con la patria, de una manera maciza o inequívoca, salvo los esclavos que por la esperanza en su libertad personal se adhieren de una manera casi total al propósito separatista. Según el ambiente personal y familiar, según la profesión, y sobre todo según la íntima vocación que brota de la conciencia, está cada peruano con el rey o con la patria. No es sólo problema de generaciones en el cual la generación de los padres esté por fidelidad al   monarca y la generación de los hijos por la fe en el nuevo país. Entre los mis os hermanos hay división clarísima que subraya ese carácter moral irrevocable del fenómeno de la emancipación. Procede aquí un alusión breve  a la famosa anécdota que recoge Miller en sus bellísimas Memorias cuando recuerda que minutos antes que se produjera la batalla de Ayacucho, Sucre y Canterac postergan la iniciación de las acciones y en un momento de gran emoción conversan unos minutos, para despedirse y abrazarse, los hermanos, los parientes y los amigos que se encuentran en diversas trincheras en la acción decisiva de la independencia.

          Subrayemos, pues, esta tarde junto con el valor provinciano, vale decir con el valor peruano total de nuestra independencia, es otro valor humano general que reafirma la libertad del hombre para decidir las actitudes en función de los dictados de la propia conciencia.

          Y hay algo más que ha destacado con vigor y con acierto Víctor Andrés Belaunde en su sólido libro sobre La Constitución Inicial del Perú ante el Derecho Internacional. Evidentemente, en la formación de nuestra nacionalidad se reafirma el principio de libre determinación de los pueblos como fuente de soberanía.  Es el caso de pequeñas agrupaciones humanas que ratifican la voluntad separatista y simultáneamente manifiestan su propósito de continuar unidas al Perú. El Perú independiente nace, esto enaltece la gestación de la república,  o como fruto exclusivo de una hazaña militar, no como una obra genial de un caudillo; la república florece, la república se alumbra, bajo esa proyección de libertad de la persona en la doble vertiente: libertad del hombre para decidir la vocación que fluye de su conciencia, y libertad de los pueblos para expresar a que nacionalidad pertenecen, a que estructura jurídica superior desean vincularse definitivamente.

          La independencia del Perú es la progresiva convocatoria de voluntades personales, y de pueblos y de ciudades, y de provincias, creadora del posterior triunfo militar y de la estructura política.

          Sin comparaciones regionales, que serían pueriles es un hecho cierto que el norte del Perú, de Chancay a Tumbes, significa desde 1820 un insustituible apoyo de hombres, de dinero, de medios de guerra, y por encima de todo, un apoyo espiritual de aliento y optimismo.

          Cochrane, Monteagudo y San Martín, enaltecen la tarea de hombres anónimos y de personas directivas: sean los pescadores que reciben los mensajes de los espías de San Martín; sean los vecinos que colaboran con los cruceros de Cochrane; sean las donaciones de dinero y de especies; sean los voluntarios que se unen en la primera hora, como nuncios de la adhesión comunitaria posterior.

          En el norte, Piura sigue a Lambayeque y a Trujillo en la proclamación de la independencia. Y no debe olvidarse que Lima continúa en poder del virrey. Es luminoso ver nuestra independencia, como antes se dice. En esa suma de ciudades y provincias que con gozo y riesgo dicen su fe en la nacionalidad.

          Al amanuense de la oficina de correos de Piura D. José María Arellano[xiv]  le debemos la pormenorizada relación de los sucesos del cuatro de enero de 1821, día de la independencia de esta ciudad y partido.

          El día tres. “como a la diez del día” llegó el correo de Trujillo con despachos de Torre-Tagle, que piden la adhesión a la independencia, luego del pronunciamiento de Trujillo. El despacho dirigido al cabildo debía abrirse en “presencia de todo el pueblo”

          Luego de los diálogos difíciles, se produce la intervención de Casariego, comandante del Batallón de Línea, quien afirma que es aislado el movimiento de Trujillo, y prepara, al grito de “viva el Rey”, las fuerzas de los cuarteles de la Plaza y del Carmen, ubica cuatro piezas de artillería de a dos con mechas encendidas en las bocacalles de la plaza, y en la misma actitud preparó un piquete de caballería. “Como a las diez de la noche -son palabras de Arellano- se pusieron carteles en las equinas convocando al pueblo para las 8 de la mañana del 4, para la apertura del pliego remitido del Gobierno de Trujillo a la Municipalidad, señalando al efecto el Convento de San Francisco por ser el punto más independiente y separado de los cuarteles”.

          Sigue el relato de Arellano;

          “En estos trabajos, rayó el Sol del memorable cuatro de Enero, anunciando con su fuertes resplandores la gloria de que había de cubrirse el pueblo piurano en este tan peligroso como fausto día y trasmitiendo su extraordinario calor del que necesitaban los pacíficos corazones de los piurano, para conseguirlo en la primera vez que se presentaban a una empresa tan ardua y arriesgada, y que recordarán siempre con orgullo”.

           Es bello y grave el testimonio de la asamblea, el debate sobre la presencia de la tropa y demás aspecto de la reunión.

          “Leídos estos documentos, -continúa el texto- se invitó a todos los concurrentes a que particular o generalmente, expusieran si querían o no plegarse al movimiento de  Trujillo; el pueblo trepidó unos momentos quedando en un profundo silencio que apenas se percibía la respiración de los concurrentes; pero vuelto a preguntar por el mismo Sr. Diéguez, contestaron por unanimidad que se unían en todo al pronunciamiento de Trujillo adoptando desde ese acto el sistema proclamado por el Intendente del Departamento y protegido por el Ejército Libertador en Huaura, a cuya aterrante voz para los españoles contestaron las campanas del Convento de San francisco, con un repique que más luego se hizo general”

            Y Piura, ofrece más tarde dinero y hombres a la causa de la Patria, y en Pichincha, que confirma nuestra hermandad con la causa separatista de Quito, piuranos sirven a la Independencia de América en la división nuestra de Santa Cruz, vencedora en la gran batalla.

            El acto de San Martín en Lima, el 28 de Julio de 1821, es expresión de los pronunciamientos provincianos, como el de Piura en la mañana del 4 de enero de 1821.

            Este el fundamento autentico, natural de la emancipación del Perú: la voluntad del pueblo que San Martín respeta y de la cual quiere ser interprete fiel.

            Piura es así, a la hora de la Independencia, una ciudad costeña, original y mestiza.  Con casas, muebles, comidas, vestidos y recuerdos, que hablan en armonía de la colonización hispano, indígena, africana, creadora del alma de la Patria. A menudo se piensa -como lo han recordado Belaunde y Basadre- en lo político y económico del virreinato, y se olvida la virtud creadora de una nueva sociedad, fruto del hombre incaico, del español  y del africano.

             La vida en común durante la colonización española es creadora de un nuevo tipo de hombre y de comunidad; la forjadora de la nacionalidad, fundamento y legitimidad de nuestra independencia.

             ESTA Universidad particular que amanece ahora a la sombra de la historia de Piura, recibe de los siglos el mensaje integrador del hombre mestizo y de la forma mestiza de vida, nervio y raíz del Perú; y de las horas de dolor de la República recibe la enseñanza de Miguel Grau, quien vive el heroísmo con naturalidad, corolario del austero, del invariable cumplimieto del deber, por quien entiende que el sufrimiento acrecienta y perfecciona al hombre y a la sociedad.

             Respetar y amar la tradición, la historia nacional, no es un anacronismo, ni ciega apología, ni desconocimiento de errores, ni evasión de la hora presente que con alegría debemos vivir; es, sí, ancha imagen de la patria, culto a los recuerdos de familia y afirmación de la comunidad unitaria del Perú, que debemos enriquecer y cultivar.

             El desarrollo integral del país, que no es asunto exclusivamente económico, y que es también tarea de todos los peruanos, debe conservar, iluminar y fortalecer la esencia mestiza y cristiana del Perú, entraña y guía orientadora de nuestro porvenir.  

          

        

 



[i] José Hipólito Unanue, Guía política eclesiástica y militar del Virreynato del Perú para el año de 1796.Lima, Imp. Real de los Niños Huérfanos,1796.

[ii] Jorge Juan y Antonio de Ulloa, Relación histórica del viaje a la América Meridional, Madrid, Antonio Marín,1748, t IV.

[iii] Ibid. t.III, p.11.

[iv] Ibid. t.III, p.18

[v]  Ibid. t.III, p.18.

[vi] Ibid. t.III, p.18

[vii] Ibid. t.III, p.18,19 .

[viii] Ibid. t.III, p. 17.18

[ix]  Ibid. t.III, p.12.

[x]   Ibid. t.III. p.16 y 17.

[xi] Lecuanda, José Ignacio, Descripción Geográfica del Partido de Piura. En: Mercurio Peruano, Ed. facsimilar t.VIII, N 263, del 11 de julio de 1793.

[xii] Ibid.

[xiii] Antonio de Alcedo, Diccionario Geográfico-Histórico de las Indias Occidentales, Madrid, Imp de Manuel González,1788. T.IV-pp. 15-16

[xiv] José María Arellano, Independencia de Piura. En: Prosistas piuranos. Selección de Rómulo León Zaldívar. Lima, Primer Festival del Libro Piurano,1958, pp. 7-17

sábado, 27 de septiembre de 2025

LUIS MONTERO: FASCINACIÓN POR LA HISTORIA

Por: Miguel Godos Curay

Los Funerales de Atahualpa, cuadro insigne del pintor Luis Montero Cáceres.
 

La nueva novela Los Funerales de Atahualpa de Roberto Talledo Manrique aborda un tema apasionante y poco conocido en Piura. La vida, trayectoria y obra del insigne pintor piurano Luis Francisco Montero Cáceres (Piura, 7.X.1826 - Callao, 22.III.1869). Sin duda, uno de los más representativos del siglo XIX junto a Ignacio Merino Muñoz (Piura, 30.I.1817-París, 17.III.1876). Merino nació nueve años antes que Montero. Al asumir, en 1841, la Dirección de la Academia de Dibujo y Pintura de Lima fue maestro de tres grandes promesas de la pintura nacional: Francisco Laso, Luis Montero y Francisco Masías. Los más destacados pintores de la república. Todos ellos se nutrieron de las técnicas de la academia y como Rembrandt aprendieron que el juego de luces y sombras constituye el secreto de cualquier cuadro en donde aflora la íntima espontaneidad del retrato o de la escena en este menester en donde el artista recrea en la mente lo que quiere alcanzar con sus pinceles, la paleta o el estilo personal que pasan a ser atributos secundarios. Con Luis Montero sucede lo mismo es un estudioso del detalle en el que cada imagen tiene su contexto y propia significación. Por eso su cuadro Los Funerales de Atahualpa, en formato extraordinario, deslumbra y conmueve.

IGNACIO  MERINO Y LUIS MONTERO: DOS GRANDES DE LA PINTURA

Montero Cáceres nació cinco años después de la jura de la Independencia de Piura el 4 de enero de 1821. Desde este momento Piura es escenario de convulsión política y resistencia cuyo desenlace funesto fue la nefanda noche del 7 de junio de 1829 en la que Gamarra depuso al Presidente y Gran Mariscal del Perú don José de la Mar quien participaba aquel día de un recibimiento cordial de los piuranos. Su excelencia fue sacado a la fuerza de la reunión y obligado a marchar a Paita y embarcado en una goleta estrecha y desvencijada de nombre Mercedes con destino al destierro en San José de Costa Rica donde murió en la pobreza y conmovedor ostracismo el 11 de octubre de 1830. Sus restos fueron traídos a Piura por doña Francisca Otoya, quien los guardó en su casa de la Calle Real y posteriormente jirón Lima hasta entregar la urna con los restos del Gran Mariscal a la Comisión del Supremo Gobierno el 28 de enero de 1847.

¿CÓMO ERA PIURA? EL TESTIMONIO DE HIPÓLITO UNÁNUE


Cuando el polígrafo Hipólito Unánue edita su Guía del Perú en 1796 la población del partido de Piura era de 44,491 habitantes de los cuales 2,874 eran españoles; 24,797 indios; 10,654 mestizos; 2,503 pardos libres y 884 esclavos. Regístrense también 61 clérigos y 18 religiosos. En el orden militar hay un batallón de Infantería de 430 plazas, un escuadrón de 240 plazas, un escuadrón  de Chalaco con 235 plazas y un escuadrón de Amotape con 240 plazas.

Este es el escenario donde se desarrolla el sabroso relato de historia y ficción sobre la vida de Luis Monero un olvidado artista nacional que en su momento fue destacado alumno y discípulo de Ignacio Merino. Montero murió a los 43 años víctima de la fiebre amarilla que desolaba el puerto del Callao. Grau, se inmoló en punta Angamos a los 45 años. La grandeza de Piura se convirtió en sueño eterno a una edad prometedora.

El relato de Talledo Manrique reúne detalles entrañables sus propias vivencias personales en las aulas sobre  este personaje que mereció  la admiración de los vecinos que lo consideraban un combativo héroe de los que decoran parques y plazas. Pero no, Luis Francisco Montero Cáceres, era un pintor, un artista de enorme significación para el Perú. Su existencia tiene ribetes de audacia y aventura por Europa en donde gracias al apoyo del gobierno pudo realizar con mucha incertidumbre su formación académica. Los vaivenes de la política, muchas veces, lo dejaban sin las puntuales remesas del gobierno. Merino vivió sin apremios en París. Montero en Florencia, hacía malabares, dedicado a su formación como pintor.

ROBERT TILLER UN ENTRAÑABLE MAESTRO DE ARTE

Imaginemos al buen padre implorando al pintor José Anselmo Yañez impartiera clases de dibujo a su hijo Luis Francisco. Yañez, procedente de Quito, se dedicaba al retrato de los ricos señorones de las haciendas y jabonerías de Piura. Sus lienzos decoraban las viejas casonas de la Calle Real. El quiteño en ningún momento mostró disposición por compartir su arte temeroso de la competencia. Fue en estas correrías y vicisitudes que cayó por los calabozos de la cárcel de Piura, Robert Tiller, un norteamericano falsificador de moneda. Sin embargo, hábil y diestro en el arte de la pintura y la miniatura.

Tiller impartió diarias lecciones de dibujo al adolescente Luis Montero con la generosa posibilidad de mejorar la merienda austera y frugal de la prisión. La indeleble pasión por el dibujo y la caricatura se acrecentó en el pequeño gracias a Tiller, una especie de yanqui en la corte del rey Arturo. Montero a los once años fue aplicado alumno de las impecables lecciones de arte tras las rejas. Eso sí, siempre, bajo el atento cuidado de Toya su espléndida nana de ébano fino. 

CIUDAD DE TRAJINES, ALGARROBOS Y DUNAS

La Piura independiente de 1826 era diminuta y dependía de los trajines de los viajeros por las sendas de caminos movidos caprichosamente por los vientos que mudan a su antojo los médanos y dunas del desierto sin dejar atisbo de las huellas en la arena. Los arrieros se orientan por el sol, si es de día y por las estrellas en las noches consteladas. Una señal segura es la de llevar siempre el viento sobre la cara y seguir las huellas de los arrieros que sin suprimir fatigas reposan en improvisadas pascanas.

El agua es transportada en calabazos en cada uno de los bolsones de enormes alforjas para la sed de la piara durante el viaje. Los indios y mestizos visten a la española y las mujeres un anaco negro sin mangas que atan a la cintura.  Las solteras y viudas lucen dos trenzas. Las casadas una sola con la que forman un moño que recorre la espalda. Usan rebozo para protegerse del sol inclemente como en el Magreb. Entre los árboles favoritos destacan el algarrobo proveedor de forraje y el tamarindo para elaborar refrescos. En el trayecto a Lima siempre llevan atados de cascarilla procedente de Loja para la calentura de las tercianas y otras hierbas de la farmacopea local.

LAS MEJORES MULAS DEL PERÚ

La vida económica de Piura se sustenta en el comercio intenso con Loja y Quito del pabilo de algodón; jabones y cordobanes obtenidos del sebo y pellejos de los hatos de cabras que abundan en los poblados dispensando leche nutritiva con la que elaboran quesos, quesillos y natillas bien ponderadas por su delicioso sabor. Son muy apreciados los asnos, llamados piajenos (el pie ajeno), para el transporte y las faenas agrícolas. Las mulas, son las más apreciadas, en toda la región por ser consideradas las “más finas y mejores de todo el Perú”. Recuas de burros facilitan el comercio de la sal entre la costa y la sierra.

La Piura de 1826 mantiene el trazo de su fundación definitiva el 15 de agosto de 1588 bajo la advocación de Nuestra Señora de la Asunción. En medio la plaza mayor, al frente la Iglesia, al otro extremo el cabildo, la cárcel o justicia, a la izquierda el hospital Betlemítico y a la diestra los solares de los principales vecinos. Al norte las jabonerías y barrios de negros, al sur el barrio de Indios de la parroquia de San Sebastián. En este ambiente movido por noticias de boca a oreja transcurría la vida de Piura. Imaginemos al mozo Luis Francisco Montero en sus recorridos por la plaza en donde recalaban con sus piaras los mercaderes del norte y sur de la ciudad.

LA AUSTERA VIDA DEL ARTISTA EN EUROPA

Podemos dar fe de las numerosas pesquisas del autor en archivos, bibliotecas, publicaciones, entrevistas, diarios que dan cuenta de la trayectoria de Montero en Europa, su vida austera y precaria a consecuencia de los desentendimientos políticos en Palacio de Gobierno. Su itinerario por La Habana (Cuba) es un hito importante en su vida. Su viaje y presencia en Cuba es posible gracias al Conde de Cheste hijo del Virrey del Perú don Joaquín de la Pezuela. Es aquí, en La Habana, en donde conoció y contrajo marimono con Juana López Coz nacida en Puerto Príncipe y compañera inseparable hasta su muerte.

En Cuba fue incorporado como miembro honorario del Liceo Artístico de La Habana. De retorno al Perú el 7 de agosto de 1860 inauguró en Lima junto con Francisco Laso una muestra de pinturas. En las diecinueve obras de Montero estuvo El mendigo y su hija, El Perú libre, Magdalena, La degollación de los inocentes, entre las más importantes. Laso expuso su Santa Rosa de Lima, Habitante de las cordilleras del Perú, La justicia y Las tres razas.

UN ITINERARIO DE INOLVIDABLES RECUERDOS

Junto a los relatos sobre el pintor Montero queda el itinerario de Roberto Talledo Manrique al lado de Armando Arteaga, un humanista sensible y gran lector, sobre tantos rincones de Lima con historia y recuerdos inolvidables. Horas interminables de conversación en las que inteligencia e imaginación dan vida con la lámpara maravillosa del recuerdo a esa historia menuda y a la evocación sentida del ayer. Pocos como él practican el humanismo como una forma de vida. Como esa posibilidad de evocar y vivir en carne propia la grandeza intelectual del Perú. Es un rescate necesario que hay que brindar a los jóvenes a quienes esperan las bibliotecas. Este fue un motivo cardinal de las conversaciones con LAS, Vargas Llosa y Miguel Gutiérrez. El humanismo es mucho más que un desafío intelectual. Es descubrir, en las democráticas librerías del suelo, que los jóvenes que más leen son los que menos tienen. Ahí está cifrada la esperanza en un Perú mejor en donde se expande la inteligencia y el saber. Roberto puedo decirlo.  Has dado en el clavo algo así como la vehemente pasión  de Conrado Ruiz cuando tenía ante sus ojos un sello postal irrepetible.

VICENTE QUESADA EL BIÓGRAFO DEL ARTISTA

El biógrafo Vicente Quesada (1867) da cuenta de su presencia y formación académica en Florencia tras recibir una beca otorgada por el presidente Ramón Castilla a quien Montero había retratado en una miniatura con la opinión favorable de Ignacio Merino. Montero estuvo en Florencia en tres oportunidades y sus logros están perennizados en sus cuadros:  La Venus dormida, considerada el primer desnudo pintado en Sudamérica (1849-1851); La limeña en la hamaca (1855) y Los Funerales de Atahualpa (1862-1867).  La imagen conocida de Luis Montero fue publicada en El Perú Ilustrado, Lima,25 de enero de 1890.

Antes de viajar a Florencia por tercera vez bullía en el su propósito de pintar Los Funerales de Atahualpa. Había iniciado el estudio de cada uno de los personajes que aparecen en la escena Pizarro, el padre dominico Valverde, las hermanas del inca y los soldados más representativos de la hueste perulera. A lo que se suma una lectura profunda de la Historia del Descubrimiento y Conquista del Perú de William Prescott y otros cronistas como un zahorí ansioso de reproducir el momento. Se afirma que el propio artista es el tercer personaje del cuadro. La imagen reúne a 33 personajes cuyos bocetos fueron esbozados al detalle. Algunos críticos sostienen con pretensión esotérica que se trata de una alusión a la edad de Cristo. Otros que las indias adoloridas que acompañan al difunto son florentinas estremecidas por el dolor.

PRESCOTT Y EL FINAL DEL INCA

Una crónica  de la prensa italiana reproducida en Piura anota lo siguiente: “El cuerpo del Inca quedó toda la noche en el lugar del suplicio. Al día siguiente fue trasladado a la Iglesia de San Francisco, donde con gran pompa fueron celebradas sus exequias., Pizarro con sus oficiales asistieron en traje de luto, y todas las tropas intervinieron devotamente en la función fúnebre, La ceremonia fue interrumpida por muchos gritos y sollozos, oídos de repente cerca de las de las puertas de la iglesia, las que abriéndose violentamente, dejaron entrar a muchas mujeres y hermanas del difunto; invadiendo estas la gran nave del templo se postraron alrededor del cadáver, diciendo no ser así el modo de  celebrar los funerales de un  Inca, y declarando estar dispuestas a sacrificarse sobre su tumba y acompañarlo al país de los espíritus.

Los asistentes escandalizados por tan loco proceder, contestaron a las mujeres que Atahualpa había muerto cristiano y que el Dios de los cristianos aborrecía estos sacrificios. Luego las intimaron a salir de la iglesia, pero en el momento de salir muchas se arrancaron la vida, con la vana esperanza de acompañar a su querido amo a las resplandecientes moradas del sol.

LOS FUNERALES DE ATAHUALPA

La entonación del cuadro es robusta y el valiente autor logró encontrar bellísimos efectos en una luz tranquila, sin caer en exageraciones. Este es nuestro juicio del egregio Montero, juicio libre de pasiones y de segundos fines. El público y sólo los inteligentes podrán ver que no nos hemos engañado”.

“Los Funerales de Atahualpa” (1862-1867) es una patente sintonía con el Perú y su historia. No es una pintura para ilustrar la historia sino un cuadro de género histórico en un formato que captura la mirada de los diletantes. Un estudioso apasionado de Montero que ha permitido seguir el itinerario del artista es Marco Iván Cabrera Hernández, Historiador de Arte y autor de la tesis “Academicismo y retrato en la obra pictórica de Luis Montero, UNMSM,2013. 

En su estancia en Florencia digno es de mencionar el apoyo del doctor don José Luis Mesones Ubillús, huancabambino de nacimiento. Brillante abogado, político y diplomático. Doctor en Jurisprudencia por la Universidad Nacional de Trujillo (1849) rector, diputado y participante en la redacción de la Constitución de 1867. Una de las dificultades que tuvo que superar Montero fue la de pintar a Atahualpa en su lecho de muerte. Para ello utilizó los apuntes de su amigo fallecido Francisco Palemón Tinajero muerto por estos días.

PALEMÓN TINAJERO LA INOMORTALIDAD DEL INCA

Palemón Tinajero, era un talentoso dibujante y calígrafo que se estableció en Florencia como amanuense del doctor Mesones Ubillús. Sus visitas al atelier de Montero eran siempre celebradas por su generosidad en los tiempos difíciles. Palemón Tinajero enfermo probablemente de tuberculosis no soportó el frío invierno. El cadáver, conmocionó a Montero y fue el  modelo para el rictus de muerte del último inca. Según el testimonio de don José Luis Mesones quien autorizó el modelaje póstumo: “Montero tenía necesidad de un indio muerto para simbolizar al Inca; dibujó al pobre Tinajeros antes de que lo pusiesen en su cajón”.

MESONES UBILLÚS UN HUANCABAMBINO EN LA SANTA SEDE

El Diplomático Huancabambino doctor José Luis Mesones Ubillús

En 1867, trescientos treinta y cinco años después de la muerte del Inca Atahualpa, el pintor peruano Luís Montero finalizó en Italia su cuadro Los funerales de Atahualpa. En abril de 1867 la pintura estaba concluida, el cuadro medía 4,2 x 6,0 metros y pesaba aproximadamente 200 kg.  El doctor Mesones Ubillús desde Lima movió cielo y tierra para que el cuadro de los funerales llegara al Perú. El periplo no fue breve. Arribó primero a Río de Janeiro (Brasil) en donde Montero organizó la primera exhibición pública del cuadro en el Teatro de San Pedro de Alcántara. La aprobación de la prensa fue unánime.  Incluso el Emperador de Brasil y la familia real, contemplaron durante horas la obra, Posteriormente prosiguieron las presentaciones con ciertas dificultades en Montevideo y Buenos Aires.

UN CUADRO QUE DEBE ESTAR EN EL CONGRESO

El 12 de septiembre de 1868 desembarcó en el Callao. En Lima la exposición, se realizó en la sede de la Escuela Normal desde el 26 de septiembre de 1868. Según la crónica periodística, asistieron más de treinta mil personas en los primeros quince días. Luis Montero finalmente donó la pintura al Congreso de la República del Perú, “como un obsequio simbólico, íntimo y profundo a la memoria nacional”. La aceptación reconocida por ley no sólo daba cuenta de la valía de Montero sino que le confería una medalla de oro al mérito artístico y un premio económico de 20,000 soles como justo estímulo al artista. Tengo la plena convicción y certeza que corresponde a los lectores de esta historia divulgar esta obra en forma de relato fascinante para los piuranos de ayer y de hoy. Sin duda que nos enriquece.

Piura, agosto del 2025.

domingo, 14 de septiembre de 2025

ANOCHE ESTUVE EN PIURA

POR: ENRIQUE LÒPEZ ALBÚJAR

 

 (Chiclayo, 1872 - Lima, 1966)


Anoche estuve en Piura,

anoche, a media noche, por ventura,

ansioso de mirarla, reandarla, sentirla

y aspirar su terrígena fragancia

para como el gigante mitológico,

recuperar mis fuerzas al pisarle.

Un viaje sin primera ni tercera,

sin esa doble esclavitud odiosa

del pasaporte y la maleta,

ni la alegría del que parte,

ni la tristeza del que queda.

Y algo más admirable todavía:

sin peligro de mares por abajo

ni caprichos de vientos por arriba,

como que, por fortuna,

hacía el viaje gratis y en brazos de la Luna.

(Es hoy, siendo tan fácil, tan difícil

Hacer por cuenta propia un viaje aéreo

Al primer astro que pase por el Cielo;

o ser embajador de la ONU,

o hijo adoptivo del Estado.

Aunque a mí en cierta vez, me es grato recordar

Salió obsequiándome uno el Tío Sam)

                               2

         ¿Qué impulsos o qué anhelos reprimidos

hasta esa tierra me llevaron?

Nostalgias del terruño, deudas sentimentales,

reminiscencias de mis románticas lucha

en las que opuse al sable el verbo,

a la prisión una sonrisa

y a la amenaza mi desprecio?

¿Mensajes telepáticos,

Enviados desde allá por mis queridos muertos,

Ésos que , a más del ser,

Dicha y amor me dieron?

                              3

            ¿Quién  descifrar podría

el porqué de mi astronómica aventura

la rígida  razón dirá:  ¡Mentira!

El sentido común dirá: ¡Locura!,

porque de sur a norte

jamás gira la Luna.

Pero a los que así creen o discurren

olvidan que la Luna por algo es femenina,

y que tal vez celosa de la Tierra;

por verme día y noche pegado siempre a ella

se le  antojó brindarme su regazo,

cambiar de rumbo y luego darse el gusto

de pasear conmigo un rato.

Pues ¿para que hizo Dios a los poetas

sino para inspirarles amor hasta los astros?

 

                             4

 

             Y lo que iba la Luna diciéndome al oído,

mientras gemir hacia su saxófono el viento,

y las nubes tendiánle  a sus pies sus alfombras

y celoso miraba nuestro paso un lucero

“Lo que estoy haciendo por ti, pobre hombrecito,

Va a despertar revuelo entre los astros.

Ya me parece ver a Marte enfurecido

cuando pasar te vea tendido en mi regazo

cual si fueras mi amante,

favor que a sin ningún astro jamás he concedido.

Y a Saturno, vejete petulante

que por ser él el único que luce tres anillos,

con los que alborotadas mantiene a las estrellas,

quizás si se imagina que puede impresionarme.

Y Venus, esa hipócrita y sensual vampiresa,

que vive envanecida porque  todos le alaban

su nefasta belleza,

y por creer que con ello tiene todo;

mas la muy simple ignora

que el todo nada vale si falta la cabeza.

Sólo  el tremendo Júpiter, ese sultán del cielo

nos verá indiferente, pues él, en vez de una

tiene en su harén más de una Luna”

“¿Más de una Luna? -murmuré yo exaltado.

Cómo, también aquí se usa la poligamía”.

Y olvidado del yugo que dejaba en la Tierra,

echando a un lado toda mi flaca honestidad,

añadí: “Reina mía, perla del firmamento,

déjame aquí tirado

cuando me traigas de regreso”

Ante este presuntuoso ruego mío,

soltó una carcajada la muy tuna

y, cambiando de diálogo y de tono,

me gritó, señalándome una bolita obscura:

“Baja que ya llegamos”. ¿bajar…bajar? ¿Y cómo?

Viendo mi confusión, volvió a reír la Luna

y a mirarme de un modo que me sentí humillado.

Mas de ponto se me irguió mi dignidad

y pensé: “¿No soy hombre? Y si hombre soy

¿qué puede a mi importarme dar desde aquí un salto?

¿ Por qué arredrarme ante esta fluida inmensidad

que  silenciosa e imponente a mis pies veo?

Yo soy en este instante un astro, más que un astro,

Porque puedo idear, sentir, querer

y hasta darle alas y pico a mi voluntad,

lo que esas tristes moles jamás podrán hacer”

Y apenas acabé de pensar esto,

 púsele una acerada cota a mi corazón,

hice un paracaídas de mi pensamiento

y me lancé al vacío como un conquistador.

Así pasé una eternidad de angustia,

pero, al fin, como Triana,

pude gritar, alborozado: ¡Tierra!

y un segundo después, exclamar:¡Piura!

                          5

 

         Que rejuvenecida y embellecida estaba

la grausina ciudad, pero también  ¡que muda!,

cual si estuviera de placeres harta.

Nada de ruidos de mundanas fiestas,

de cócteles-danzantes, de cabarets y boites.

Nada de esas nasales cancionetas radiales

con las que el yanqui, día y noche,

hace inútil derroche

de insulsa poesía,

ni de aquella simiesca

y fingida alegría

que, entre guiños, sonrisas y menos,

no escupen al rostro negroides orquestas.

                            6

         Nada de ese nocturno flujo y reflujo humano

que en toda ciudad grande es como un reflejo

de la holgura y euforia del hombre ciudadano.

Nada del jaranero rebullicio

de esas piuranas fiestas de arroz y gallo muerto,

en las que, al alba, entre ayes, puñaladas y tiros,

y ternos y suponcios, resultaban

una doncella menos y un hombre más tendido;

ruidos que aunque a mil leguas del terruño

un provinciano viva, jamás deja de oírlos.

Estaban ya olvidadas y con ellas

las de otros tiempo noches de locos parrandeos.

Ahora no, ya no la resalada marinera,

 ni el quimboso tondero del mangache chichero,

que al son de enardecidos cantos

azuzaban guapidos y palmadas,

mientras las femeninas y túrgidas caderas

tejían incitantes culebreos

y en torno a ellas un mozo endomingado

entre floreos de talón y punta

y alados giros de pañuelo, a estos culebreos con los ojos

interpretaba y recogía,

a la vez que unas manos, manos de estirpe zamba,

hacíanle cosquillas

hasta hacerla gemir, a la guitarra.

                            7

          Una por una fui recorriendo sus calles

exhumando recuerdos, como un sepulturero,

y ellas, una por una, me iban mostrando, ufanas,

los frontis jactanciosos de sus modernas casas;

frontis tras los que yo dejé entre beso y beso,

todo lo que en las horas del placido embeleso,

del corazón se escapa.

Frontis tras los que hacían,

entre muros de barro y techumbres de paja,

fosilizada y enclaustrada vida

la humilde plebe y la soberbia aristocracia.

“Mírame como quieras -parecían decirme-.

Hoy somos, para gloria y ufanía de Piura,

la expresión de una nueva y pulcra arquitectura,

de un arte que ha llegado a desafiar al vértigo

y a darnos, para hacernos más esbeltas y fuertes;

el cemento por músculo, por arterias, el hierro”

 

                                 8

             Y en verdad que así era, para alegría mía;

Pero también tristeza, ya que yo iba anheloso

de ver lo que creía viviendo todavía.

¿Qué podría importarles mis viejos recuerdos

aquellas moles frías, de  pisos encumbrados,

que parecen estar siempre obstinadas

en mirar hacia arriba pero nunca hacia abajo,

y como expresamente levantadas

para retar el tiempo, presumir poderío

y decirle al que pasa:

“Aquí vive ostentando y luciendo un nuevo rico”

                                  9

              Ya no estaban en ellas ,¡qué pena y desencanto!,

las puertas y ventanas de mis nocturnas citas,

francas las unas para recibirme,

entreabiertas las otras y en penumbra sumidas,

mas de repente iluminadas

por los ojps radiantes de las que me esperaban.

¡Ni los patios tampoco!

Tampoco esos regazos hogareños

de las viejas casonas,

donde, al vaivén arrullador de las potronas

mecían los abuelos.

hartos de sol y de tedio provinciano,

todo lo que sentían y hacían en el día,

todo lo que en la noche platicaban

después del chocolate y el rosario;

donde la muelle y celestina hamaca

servía para hacer el amor más piurano

y más real el contacto de los cuerpos

que desean, que se atraen y se aman.

                              10

          Todo esto no existía, ni siquiera

aquel rumboso y gran señor,

terriblemente mujeriego

y más terrible jugador,

que en las tardes salía

a regar por las calles gallardía

y a hacer latir a más de un corazón;

terciando al ambarino poncho de vicuña,

el jipijapa hundido hasta las cejas,

un poco truhán y gacho,

desafiador el híspido mostacho

y jinete  en bufante caballo braceador,

                               11

 

         Otro era el hombre de hoy, otro muy otro,

Al que, sin verle, me lo imaginaba

ventralmente dichoso dentro su robe de chambre,

despatarrado sobre ese mueble chato,

llamado falsamente confortabl e,

roncando y resollando fuellemente

y oliendo a wisky y a tabaco.

 

                                12

         ¿Y la lírica Plaza, la gran Plaza

-tacita de oro de la urbe-

en donde  las banderas, las letras y las armas

se juntan en los días clásicos  y gloriosos

para incensarse con el himno  de la Patria?

Ahí estaba, intangible, invitando al reposo

y a la meditación, impregnada de aromas

y de opulentas flores estrellada.

Y en el centro, como una diosa griega, la Pola,

de pie, simbolizando hasta la eternidad

a la que los libertos de Bolívar

llaman, cuando la necesitan, Libertad.

Sí, Libertad, pero a la que ellos,

en las horas menguadas en que la ambición tienta

y hace al escarabajo dejar su estercolero,

y que los pobres diablos se tornen ricos diablos,

y que los Judas corran a ofrecerla en venta,

sorprendan y mancillan, ebrios de odio y anárquicos. 

                                   13

             Más y no la vi así. Para mí en ese instante

no era la diosa augusta que el hombre tanto exalta.

No pude verla como la viera yo de niño,

cuando feliz, en torno suyo correteaba

y profanaba su silencio con mis gritos.

Y es que entre flores y árboles no puede estar bien nunca

la que a los hombres debe mostrarse siempre libre,

sin nada que deslustre su porte soberano,

forzosamente libre, para así poder verla

como se ven las cumbres y los astros.

                                  14

       Hartas ya mis pupilas de blancura marmórea

Partí en pos de otra rozagante placita,

en donde el gran maestro don Ignacio Merino,

en traje de atelier, engorrado y barbudo,

paleta en mano y pincel listo,

extraño a los tumultos escolares,

al desfile de fieles y sotanas,

a procesiones y estridencias de cobres y tambores,

de bronces y castillos,

a todo es continuo barajas de la vida

ha mas de cuarenta años

hace ahí de Tilemón El Estilista.

Ah, si pintar pudiera,

qué telas las que pintaría,

qué trágicas escenas  saldrían de sus manos,

cuánta tierra regada con sangre y llanto de indio,

qué venganzas más fieras que  aquella de Cornaro

y que amañadas ventas de títulos sin títulos!

                                  15

         “¡Basta! -me dije-, y vamos a esa otra en que Pizarro

erguido y arrogante, como buen español,

Con la diestra extendida, parece que quisiera

rasgar el firmamento y hacer parar el sol”

Y ahí estaba, espada al cinto,

no desnuda, como la debiera ostentar,

y con la punta señalando el suelo,

para así, a quien le mire, recordar

aquel sublime instante de fe y resolución,

en que después de, enfático exclamar:

“Por allá se va a ser pobre y por aquí a ser rico”,

trazó y paso la raya que lo inmortalizó;

ésa raya que a todos los que quieren triunfar

está pronto a trazarles el destino

                                 16

  ¡

¡Y que turbión de encontrados  pensamientos

me despertó la estatua del conquistador!                             

¿Fue, por ventura, un simple hijo de la fortuna,

que puesto en trance de jugar, jugó y ganó

en macábrico estilo, a un soberano

una inmortal partida

frente a un tablero de ajedrez humano?

¿O fue en verdad, un codicioso analfabeto,

venido en hora inoportuna

a destruirla rútila grandeza

de un desmedido y formidable imperio?

¿O es que el imperio le esperaba

porque ya estaba oliendo a muerto?

¿Fue un capitán ansioso de renombre y de gloria,

O un rudo y sanguinario aventurero,

sin más ideal que el de sembrar la muerte

para sentir, a la hora de la cosecha trágica,

el goce embriagador del éxito?

¿O si fue un hidalgo que traía

en su ardiente e impetuosa sangre hispana,

como un presente rico,

los vicios y virtudes de su raza?

Quise decir lo que realmente pienso

de esta figura hispánica  y egregia,

pero sentí sobre mis labios la mano de un gallego

y en mis ojos, la altiva mirada de un Cepeda.

                                 17

        ¡Adiós! -murmuré, haciéndole una rendida venia

y  aligero, avancé por una ancha avenida,

tal como si llevara en los pies alas

y fuera presidiéndome una estrella.

hasta de pronto dar, al final de ella,

como  si etuviera siglos esperándome

con nuestro altísimo señor El Almirante,

aquel para quien ya toda alabanza sobre

y cuyo nombre está, de sur a norte,fulgurando

junto al que con su espada

trazó en marina página el infeliz Balboa.

                                   18

No se dignó mirarme el Gran Señor del Mar,

Si quiso  con sus ojos darme un baño de honor.

Hizo bien. ¿Para qué fijar en mí sus ojos

si por delante de ellos tiene

algo más alto y digno que mirar,

algo que, así pasaran siglos,

jamás podrá olvidar?

Por eso su actitud de serena quietud,

que fue tan propia dél  y tan marina,

y con la que el artista quiso, en su inspiración,

trasuntarle en el bronce para la eternidad,

diríase que estaba preguntándole a Piura:

“¿Por qué me encuentro aquí? Mi Huáscar ¿dónde está?

Más como yo a sus pies viera un cañón.

y bajo dél, levada un ancla,

sintiéndome aludido, como piurano viejo,

íntimamente contesté:

“Para esas dos preguntas, ¿qué mejores respuestas

que las que tiene ahí a sus pies?”

                                    19

          Luego, como pensase que verle, solo verle

no era bastante para dejarle como ofrenda

el pan y el vino de mi admiración,

abatí humildemente la cabeza

y comencé a rezarle esta oración:

“Padre nuestro, que estas en esta tierra,

A la que amaste tanto tú, hoy mutilada

Por obra de la buena vecindad,

glorificado sea en todo tiempo tu nombre;

venga a nos lo que siempre ha sido nuestro

hágase lo que tu osadía y voluntad

hicieron en el mar

cuando eras tú su incontrolable dueño;

el pan nuestro de cada día

dádnoslo, Señor, siempre

para que no padezca hambre tu pueblo;

perdónanos nuestras deudas, ésas que por la sangre

que derramaste por nosotros, te debemos,

y no nos dejes caer, desde hoy en adelante,

en la nefanda tentación

de querer ser todos tus hijos

amos y conductores de este suelo,

cuando sentimos todavía en las entrañas

los gemidos del siervo.

Sólo así, padre nuestro, podrá decir confiado

el peruano de hoy al de mañana

que si moriste no moriste en vano”.

                                   20

 

          Parto luego de cara hacia el Oriente,

ávido de mirar, quizá si por vez última,

el río…el río. El río de mi querida Aldea,

al que yo recibía, cuando aPiura llegaba,

entre salvas y música, campaneo y petardos,

más alegre que un  niño cuando le dan las pascuas.

Y héme  ya en pleno puente,

en aquel férreo brazo que todo Piura llama,

por amor a la costumbre:

El Puente, El Puente, sitio en donde en las tardes tórridas

la abochornada gente sale en pos de respiro

y, media displicente, vuelca sobre él su tedio

le pide un beso al aire y una caricia al río:

para luego, al amparo de la propicia noche

ante las tentaciones del barrio tacaleño

-costilla de la urbe- ir a embrujarse un poco,

entre salú y salú de hembras jacarandosas,

chicha, música, baile y secos de chabelo.

¡Ah, qué emoción tan grande

la que al pisar el puente siento!

El pecho se me ensancha, engallo el busto

y me bebo de un golpe un trago de contento.

Lanzo una inquisidora mirada a las tribunas

Y, ¡oh sorpresa!,¡oh sorpresa!, a nadie en ella veo.

¡A nadie!...Y,sin embargo, no me apeno

porque bien sé  que seguirán siendo las horas

en que el sol le dicha al día: ¡Hasta luego!,

solaz, tertulia y mentidero.

Aunque yo en ese instante las veía

como sepulcro de recuerdos.

                                         21

            Hago una mueca desdén y avanzo

para sentir el goce deber correr el agua

y ¡Dios mío! En vez de agua arena, arena, arena

la intrusa incontenible, la taimada,

la que convierte todo lo que cubre en desierto

semejando una pálida mortaja

sobre el enjuto y desolado lecho.

Burlada mi esperanza,

casi una maldición contra la intrusa echo,

pero ahí mismo replegó sus alas

mi furia y terminé sonriendo.

Y es que el río, mi río, ése que yo quería

Ver corriendo impetuoso e imponente

El Río de mi Aldea, ése yo lo sentía

por el cauce de mi alma corriendo todavía

 

                                         22

              No tenía, pues por qué entristecerme,

Ni ante lo irremediable condolerme.

Leal a las recónditas razones de mi viaje,

volví a hacer un viraje

y pues nuevamente proa a la Plaza de Armas,

donde seguramente resentida

por mi aparente olvido

la abuela de la urbe, La Casona                                       

esperando una abrazo de mis ojos estaba.

 

                                         23

               Más no habría avanzado ni cien pasos,

traumatúrgicamente aparecido

cuando de pronto un alobado perro

y seguido por una ululante jauría,

que, más que jauría, parecía

gente perrunamente disfrazada,

en son de caza, me salió al encuentro

tal vez si porque al verme pensaría

que era yo de los que en las noches

salen a disputarle a los mendigos y canes

sus festines de huesos.

Y tras de la jauría, un presuntuoso gallo,

cantando, cacareando y escarbando

con aire matonesco, el suelo.

Solté una risa flagelante y me detuve,

y, entre burlón y en serio,

le hablé así a la canina muchedumbre;

“¿Cómo, que no me habéis reconocido?

Yo soy piurano, tan piurano

como lo sois vosotros,

pero con esa diferencia; que no ladro

y sólo cuando me provocan muerdo;

ni tengo cuatro pies, ni rabo

para hacer con él fiestas,

ni se hizo el collar para mi cuello,

ni para lamer manos, mi lengua.

Oledme bien, oledme bien, míseros perros,

y veréis que sigo siendo el mismo hombre de ayer,

el mismo que pidió por vuestra raza

piedad más de una vez.

¡Basta ya de ladridos! Dejadme el paso franco,

que no estoy para perros”. “Y ante estas voces mías

la enfurecida turba y el presuntuoso gallo,

tal como aparecieron se esfumaron.

                                    

                                         24

              Y al fin podré enfrentarme con mi vieja Casona

al fin y, emocionado hasta los tuétanos

púseme a contemplarla, entristecido,

por ser yo para ella un hombre extraño

después de tantos años haber sido su dueño.

¡Ah que cambiada estaba!

Un anacrónico antifaz

le había enmascarado su centenario gesto

y volatilizado su invalorable pátina,

ésa que le da lustre a lo que besa el tiempo.

                                       

                                         25

              Y mi contemplación fue tan intensa

que yo mismo me fui sugestionando

hasta oir una voz que me decía:

“Vuelves después de muchos años

que  casi ya  olvidado te tenía.

Sólo de tarde en tarde de ti me habla

Matalaché, tu hijo, aquel mulato

que salió erguido y retador de tu pensamiento

y a quien esta ciudad, en aquel tiempo hipócrita

repudió y quiso hacer con él un linchamiento.

¡Todo por ser altivo y no ser blanco!

Recuerdo en este instante de una noche

en que, luego de abrir de un puntapié el portón

y de reír con su africana sonrisa bicolor;

a la que él, por ser roja y blanca,

llama, un poco envanecido, peruana,

díjome: “Oye, abuela; si tú estás orgullosa

solo porque aquí tuve la suerte de nacer

¿qué diré yo que he visto, ayer no más, ¡ayer!

desfilar por las limeñas calles,

aclamado, vitoreado y aplaudido,

a uno de ms vástagos;

arrogante, de pies, sobre un extraño carro,

iluminado el atezado rostro

por el fulgor de las miradas femeninas

para acabar después sentado,

entre genuflexiones y serviles sonrisas;

en la casa gloriosa de Pizarro

¿Qué diré yo si este Piura mismo,

donde me acribillaron a burlas y dicterios

viendo estoy, asombrado, a más de un nieto mío

libre ya del temor de ser echado

en una hirviente tina de jabón

por atreverse a amarlo prohibido,

haciendo hoy de marido, de dueño y de señor

en la orgullosa calle que está de espalda al río”·

 

                                      26

                Y continuó la voz diciendo:

“¿Vienes con intención de entrar? Lo siento,

porque ya nada tuyo encontrarás adentro                                        

Todo lo que quisiste, todo lo que dejaste

y gozar y sufrir te hizo

selo llevó la muerte,

o fue por otros mundos regándolo la suerte.

Y sé porque con pena me has mirado

en vez de haberme en alegría envuelto.

Sí es verdad  que he dejado de ser tuya

tú sigues siendo siempre mío.

Hoy son otras las vidas y las cosas

que en mi seno se juntan y se agitan.

A las carreras locas de tus hijos

a sus jocundas risas

y a sus rabiosos lloriqueos han sucedido

concisas y marciales voces de mando,

y quepís y galones, y entorchados y espadas.

 Y en vez de las muñecas y los soldaditos

que la curiosidad de tus hijos dejaban

rotos y abandonados en el piso,

hay otros soldaditos que andan hablan y comen

y que no pueden romper los niños

porque están hechos para ser rotos por los hombres

Deja ya de mírame

y de querer pasearme por dentro.

Abre los claros ojos de tu mente

y así verás mejor lo que hay adntro”

 

                                       27

 

                Y repentinamente se aplacaron

mis férvidos deseos.

Más ¿qué hacer en este trance inesperado?

¿Quedarme ahí, como un fakir nirvanizado?

¿Volverme al punto  de partida,esparcí

Frente a esta odiosa duda,

esparcí una mirada por el cielo

en busca de mi amiga, la generosa Luna,

para ver si me daba algún consejo

o estaba pronto a recibirme

nuevamente en sus brazos

pero en vez de su plácida y carrilluda faz

loque sentí en los ojos fue un rayito

de sol que, cual un niño,

tal vez tomándome por un juguete

con  mis arrugas púsose a jugar.

Me incorporé, ceñudo, me  restregué los ojos

para así convencerme

de que me hallaba dentro de la realidad,

y luego de lanzar un esplinático bostezo,

vínoseme a la mente de repente

este  desleal  e ingrato pensamiento:

“¿Mejor no hubiera sido no despertarme nunca

o haberme para siempre quedado sin regreso?”

pero al ver que al lado mío reposaba

la heroica redentora de mi vida,

la que al unirse a mi cambió mi ruta

y en donde encontró espinas puso rosas,

me desdije y pensé: “¡Perdón, querida!

La realidad contigo es más hermosa”.

 

Tacna, febrero de 1951