jueves, 5 de septiembre de 2019

LOS POETAS DE LA TIERRA DE PIURA


Investidura con el Doctorado Honoris Causa al Dr. Marco Gerardo Martos
Carrera





















  Por: Dr. Marco Gerardo Martos Carrera
Otorgamiento del Doctorado Honoris Causa de la Universidad de Piura

Excelentísimo Vice Gran Canciller:

Sólo tengo palabras de gratitud para el claustro, por conferirme este alto honor que me otorga hoy día, absolutamente inesperado. Para mi tiene un valor absoluto puesto que se trata de una institución enraizada en Piura que es mi ciudad natal, a la que tanto amo. Y he cavilado sobre que decir en este día de celebración.

He consagrado mi vida a la poesía y creo es justo decir una palabra sobre ella en  nuestra región, de forma concentrada. Nadie duda en señalar a Carlos Augusto Salaverry (La Solana, 1830- París, 1891) como el iniciador de la poesía republicana en nuestros lares. El poeta viene con su melancolía a mi mesa de trabajo. Arriba de Lancones, de Sullana, de Piura, de París, de lágrimas de Ismenia Torres, de la parálisis, de todo lo perdido en el vaivén de los años. Hay un rumor de sables el día de su nacimiento, la tranquilidad de los algarrobos en la tardes del verano, el dolor de una madre que se separa de su vástago y las intrigas de toda la vida de los gobiernos y de los militares. Muere su padre Felipe Santiago fusilado y le queda la convicción de que la vida solo es una conjunto de dolores supremos. Los recuerdos dice, son mentiras del pasado, y la esperanzas, mentiras venideras.

Nadie cantó en Sullana, en Piura,  con tal dulzura, con tanto afecto y nostalgia por lo perdido. Somos lo que fue, el ayer, lo desdichado, la súbita iluminación de lo amado en lo más lúgubres. Hubieron que pasar muchos años, para que  nos naciesen en Piura otros líricos notables. Sin embargo a Salaverry poco se leyó en vida en nuestra ciudad.
El primer poeta que pude leer en mi adolescencia, en los años cincuenta del siglo pasado, poeta de verdad, fue Juan María Merino Vigil (Ayabaca,1.01.1906- Hacienda San Pablo-21.06.1951), casi un desconocido en la literatura peruana, natural de Ayabaca, ciudad que casi nunca abandonó salvo para esporádicas visitas a Piura y Lima. Probablemente nacido a fines del siglo XIX, fue, según dicen un profundo conocedor de la  tradición  literaria y un escritor muy fino, como podemos advertirlo por el poema que ha llegado hasta nuestras manos titulado “La golondrina”.

Yo soy como esa golondrina
que ha cortado los oros del espacio.
Saeta que vuela al infinito
azul de los profundos cielos.
Tiembla la negra noche por llegar
pero todavía quedan para mis ojos de la tarde
azules eternos del espacio.
Yo soy mi tiempo que vuela en el espacio
quebrando los oros vespertinos.
Yo soy ese pequeño pájaro efímero.

Se necesita vivir con  mucha intensidad para poder concentrar en pocas líneas la imagen exacta de la vida humana. Merino Vigil decía algo que me concernía y era mucho más intenso que casi todos los autores que estudiaba en la escuela. Pero nunca lo vi, ni siquiera en fotografía, aunque en las calles de Piura pude alternar con gente que lo conocía como José Estrada Morales o Federico Varillas Castro, mis queridos profesores, maestros en el colegio San Miguel. Aquí y allá, en distintas publicaciones de los años cincuenta, se difundieron algunas poesías de Merino Vigil, que están esperando a un estudioso de hogaño que las recoja y estudie  para tener por fin, un volumen de un poeta notable que merece entrar en el canon literario nacional.

En mi adolescencia, el poeta de Piura era Joaquín Ramos Ríos, alguien que había vivido en Alemania antes de la segunda guerra mundial, se decía que estudiando Medicina, pero en realidad disfrutando una intensa pero no improductiva bohemia; de vuela al lar recitaba bajo la luz de la luna a Hölderling, a Goethe, a García Lorca, a Merino Vigil y a sí mismo, en parques, plazas, malecones, y ocasionalmente en teatros de la ciudad y aquí le rindo homenaje. En las noches cálidas, cuando regresaba a mi casa, después de jugar interminables partidas de ajedrez, en la Plaza Merino veía su inconfundible figura, rodeada de algunos amigos curiosos, haciendo gestos y modulando los versos en alemán o castellano, por puro placer. Hace poco el año pasado, pude visitar por primera vez, la casa donde vivió y escribí en su honor estas palabras:

Duende

Las casonas de San Miguel de Piura
crujen y tiritan en las noches de julio.
Circulan duendes en sus zaguanes y corredores
y hay brasas calientes todavía en sus cocinas silenciosas.
Se vendrán abajo cualquier tarde,
un temblor, un viento huracanado.
Nadie tiene las llaves de sus candados herrumbrados.
Las aldabas lucían hermosas en tiempos de fastos.
Nadie sabe nada de los fantasmas,
salvo la poesía que intuye los comienzos.
En una de esas casas de paredes agrietadas
 vivió Joaquín recitando a Heine,  a Goethe,
en el jardín de los papelillos, del mango ciruelo.
Un día se fue volando por la ventana,
se confundió con el cielo añil, con las uvas azules.
Regresa cuando quiere en las noches de luna,
se queda en el patio, hablando solo, a la intemperie.

El otro poeta que deseo evocar es  Juan Luis Velásquez (1903-1970) quien es el poeta piurano que alcanzó una difusión sostenida a partir de su primer libro de poemas Perfil de frente de 1923, texto que con un insólito título se inscribió formalmente en la vanguardia aunque tenía resabios modernistas. Amigo y en algún, momento secretario de León Trotsky, fue un intelectual de muy variados intereses, Su poema Piura permanece en la memoria como algo hermoso dedicado a nuestra ciudad.

Qué soledad sin soledad siquiera.
Qué trincheras tan altas sin altura
Contra quien jamás le hiere el plomo.
Qué gente tan llena de recodos.
Enlodados en este desierto sin lluvias
Ni rastrojos.
Qué vida tan al cielo raso
Ante este cielo alto franco y claro
De primavera.

Tuve la fortuna de conversar con Juan Luis Velázquez algunas veces en Lima, gracias a mi amistad con su hijo también poeta piurano Manuel Velázquez Rojas. Juan Luis fue para mí una leyenda y sus versos me acompañan cuando evoco a Piura.

Si observamos detenidamente las vidas de estos poetas y su repercusión en la sociedad piurana, podemos advertir que sus obras, pese a la calidad que ostentaban, fueron mayormente disfrutadas por la población. Y la razón probablemente está en que nuestro ambiente intelectual estaba en sus principios. Nuestros jóvenes aspirantes a intelectuales se veían obligados a migrar a Trujillo, Lima, o a otros países, y solo en algunos casos volvían al terruño. Me tocó ser una de ellos, pero procuro mantener vivos los lazos con la santa tierra, como llamamos a Piura los que siempre la añoramos. Lo socialmente importante es que ahora vivimos otro clima, más propicio para las labores intelectuales y para la propia poesía. La creación por lo menos de dos universidades de fuste, una de las cuales es la Universidad de Piura, ya con cincuenta años de labor, tiene un valor para la poesía y para la literatura en general, muy grande.

La Universidad no solo es investigación, docencia y proyección social, como lo estudiamos en los libros, es también la creación indirecta de un espacio propicio para la creación artística. Nunca antes hubo en Piura, como hay ahora, un clima propicio para la difusión de las obras literarias. Aquí y allá surgen poetas, narradores, dramaturgos, ensayistas, que tienen algo que decir y que con su actividad van creando un círculo de lectores que se incrementa día a día. Hoy se puede ser poeta en Piura de bastante calidad, sin haber salido de los linderos de la ciudad. Y esa es una diferencia con el pasado que quiero remarcar. Todos los poetas que he mencionado en estas páginas, salieron de Piura y estudiaron en otra parte, París, Berlín, México, Lima. Los poetas piuranos de hogaño bien merecen conocer el mundo, disfrutar de las maravillas que existen, pero necesitan también ser fieles a lo que conocen y que saben expresar mejor que otros: el vínculo del artista con la tierra, con la hermosura que sienten desde la infancia. Y la mujer piurana está trocando su papel de musa, por la de escritora y lectora de alto nivel.

De Homero se dice que concentra la expresión de la vida, el afán de aventura de los seres humanos, la búsqueda de lo desconocido, y también la apetencia del regreso, la gana de recorrer los lugares sagrados de la infancia. En esas idas y vueltas transcurre la vida y la poesía acompaña a los seres humanos como la concentración máxima del lenguaje, como una capacidad de decir más cosas con menos palabras. Con esa luz he querido siempre ir por el mundo.

Campus UDEP, 30 de Agosto del 2019.